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Ariadne, John William Waterhouse, 1898 |
A Gabi, siempre.
No hay nada más incierto que la vida:
Me atrapa en su destino, acuna a destiempo las penas,
transmuta en nieblas, aguaceros,
nutriendo con cada gota el pasado,
me vence por gélida sorpresa y,
cuando nada ya espero, nada soy,
rendida, hambrienta de calma,
derrotada, inmune a la esperanza,
muestra ante mi, fugitiva del llanto,
la luz de unos ojos, los tuyos,
como un sólido destello único
que fijan súbito su ritmo al mío.
Es entonces cuando se torna certero
el presente, lo tangible y lo intangible
y nada es todo y todo es. Todo es tú.
Desando con ganas el camino del recuerdo,
celebro asombrada la sorpresa de encontrarte,
y eres un instante exacto, sin sombras,
gradiente de fuerza ancestral, química,
donde nacen los besos, como rayo y relámpago,
mientras tu nombre trepa hasta mi lengua,
y tu cuerpo se adhiere al mío, voluntario,
iniciando el inventario de las caricias perdidas.
Hay una “y” encontrada en un paralelo singular,
donde se halla el júbilo, la risa bajo la lluvia,
los infinitos átomos de la piel, el verbo escondido,
los pronombres personales, y el himno de la alegría.
Marzo 2012